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Los cristales de nieve helada volvían a crujir bajo nuestras botas, por primera vez esta temporada, cuando nos encaminábamos de nuevo a la visitada Peña Ubiña. Aunque las nieves tempranas del otoño ya nos habían permitido gozar de excelentes travesías con esquís. Incluso para Javi por primera vez en Peña Rueda. Habíamos llegado a Torrebarrio la noche anterior para dormir en el coche y salir temprano con el objetivo de escalar el corredor de la Aguja, espina clavada desde hace 5 años cuando lo intentamos por primera vez. Un diedro de 70º de condiciones expuestas nos echó para atrás. A ver si teníamos suerte ahora. Muy temprano no nos levantamos: aunque el despertador sonó a las 6, no nos desperezamos hasta las 7. Y sin prisas partimos disfrutando de un bonito amanecer sobre las 8:30. La aproximación fue muy cómoda, nieve dura y las lomas algo desnudas, al estar más expuestas al azote del viento. Pero hoy el día amanecía estupendo. La noche había sido estrellada y a unos 5º bajo cero según nos dijeron. Contrastaba con el día anterior en Asturias con muy mala visibilidad y orvallando. Tardamos como dos horas en llegar al pie de la aguja que caracteriza la entrada al corredor. Mientras preparamos el material llegaron los siguientes poco madrugadores que también habían dormido en Torrebarrio. Y nos dijeron que más atrás venía más gente. Quien iba a pensar que nos juntaríamos hasta una docena de personas; pero nosotros fuimos los primeros. Bueno, una anécdota graciosa ocurrió a los últimos que tuvieron que esperar hasta tres horas, después de haber tenido la intención de salir los primeros y tener que volver a Oviedo porque a uno se le habían olvidado los crampones. Pero el buen día que se presentía había que aprovecharlo. Javi me concedió ser primero de cuerda sin miramientos porque según él, tenía mas experiencia. Cosa que no me agradaba en absoluto. Últimamente le trastocaban las pesadillas por la noche. Yo no quería decir que no había conseguido ni conciliar un sueño tranquilo. La otra vez fue él quien lo había intentado de primero. Había bastante nieve y nos elevamos por una pendiente de 40º en ensamble corto hasta la base muy cerca del diedro donde encontramos montada una reunión a la izquierda. Aquí comenzaban las dificultades. El primer resalte justo antes del diedro apenas existía por la cantidad de nieve. Se aseguraba con un clavo a la derecha. Luego me enfrenté a la realidad: se trataba de un diedro de roca muy descompuesta donde parecía muy difícil hasta meter un clavo seguro. Me costó media hora meter un seguro aunque al final descubrí un orificio donde parecía que ya habían clavado alguno. Luego había que superar un estrecho y fino hielo en el que los piolets entraban lo justo. Sabía que había gente esperando, aunque no me imaginaba que había llegado tanta después. Así que el paso en concreto no estaba para vacilar pero me esforcé lo que nunca. De repente se me escaparon los pies y me quedé colgando de los dos piolets muy juntos. Pero enseguida me recompuse. Inmediatamente después del diedro venía otro resalte a la izquierda de unos 65º. Me costó meter otro clavo seguro en la roca que seguía descompuesta, aunque no había advertido unos clavos bastante más arriba a la derecha pero algo fuera de la línea de escalada. El segundo resalte me terminó de dejar la boca seca. No tuve valor ni para mirar atrás. No había otra opción. Después parecían acabar las dificultades y un uniforme corredor de nieve de 45º se erguía como el último escalón al cielo. Unos metros más allá, llevaba ya como 50, había un clavo a la izquierda y la roca era más compacta. Perfecto para montar la reunión. Me había llevado hora y media y no sabía todavía que mucha gente aguardaba para comenzar la escalada. Y así me imaginé cuando Javi me dijo que se nos había unido otro compañero a la cordada. Pero la mayor sorpresa fue cuando me dijo que le acompañaba Jesús Calleja, el de los reportajes de aventura de la tele, con otros dos más. Bueno, por lo menos la espera había sido amenizada con las batallitas que tenía para contar. Entre esta reunión y el siguiente resalte de 55º había otra reunión muy bien montada que aprovechamos. Así dejábamos libre la anterior. Continuó Javi por tanto hasta salir a la misma arista en dos largos. Donde el sol terminó de inundarnos de alegría. Habíamos tardado tres horas. La cumbre aún estaba algo lejana sin más que recorrer la arista. Decidimos acceder a ella. Cosa que me costó bastante pues me encontraba muy cansado o en mala forma. Allí nos hicimos unas fotos con Jesús Calleja y sus acompañantes: Roberto, Manuel y Javier aunque este último es quien subió toda la vía con nosotros. Y compartimos unas risas y un bocadillo. Nosotros bajamos más tranquilos. A las 18:00 estábamos de regreso en Torrebarrio, tras hora y media de descenso. Los últimos rayos de sol sobre Ubiña nos despidieron gratamente.
Las fotos, en el foro.
RAID AVENTURA BELORADO (Sierra de la Demanda) 11-12 Octubre 2008
Bueno, desde el 2002 no participaba en un Raid de Aventura de estas características. Ya tenía ganas… y como me suele pasar, formamos un equipo a última hora, tres días antes de la prueba con gente que no nos conocíamos. Gabi de Linares que vive en Madrid, Antonio de Burgos, que le conocía de vista de otros Raids de antaño y yo que sigo trabajando en Burgos. Lo que se dice que es importante que los componentes del equipo entrenen juntos... en fin... mejor que no se enteren de que ni siquiera entrenas. En dos años lo que llevaba haciendo es gimnasia de mantenimiento. Y salí a correr un día 33 minutos este verano. Había dos categorías: aventura y élite. La diferencia era que los de aventura corrían solo dos a la vez y podían relevarse con un tercero y también les obligaban a descansar tras las 5 primeras etapas. Por supuesto elegimos correr en élite porque nos entusiasmaba no parar por la noche y nos satisfacía poder correrlo todo. Pero necesitábamos una asistencia y la propia organización nos consiguió a un alma caritativa. A la que se unió una fisio para que no se aburriera. La broma empezaba a las 9:00 en Belorado. Se componía de 10 etapas: aproximadamente 130 km con 4000 metros de desnivel positivo. 60 en bici, 55 a pie y 15 en piragua, además de otras pruebas especiales... Como no, subimos al San Millán (2131m) máxima cota de la Sierra de la Demanda y atravesamos un bosque que rozaba parte los colores del otoño. Nunca olvidaremos el remar a la luz de la luna casi llena pasada la media noche o los trescientos metros nadando a las 5 de la madrugada. (El agua a 13ºC nos dijeron). Una tirolina desde una presa espectacular y un rapel a las profundidades de la noche. La noche se hizo corta y entretenida y cuando amaneció curiosamente nos tocaba introducirnos en una cueva acuática. 40 minutos ligeros, pero nos dio tiempo a ver las preciosas formaciones. Y hubo equipos que se lo quisieron perder. Por fin la última etapa a pie, conseguí y todo, correr más rápido que al empezar. Acabamos a las 12:00 de mediodía siguiente. Es decir 27 horas de actividad. Entre etapa y etapa parábamos lo que nos costaba cambiarnos de ropa y comer algo, 15 a 30 minutos. Vale, los primeros equipos perdían solo 5 minutos como máximo e hicieron el recorrido en la mitad de tiempo. Hubo otros que no completaron todas las etapas.
VIVAC EN LA TORRE DEL HOYO OSCURO CRESTERIO MADEJUNO, TIRO LLAGO, TORREBLANCA, TORRE SIN NOMBRE Y TIRO TIRSO AGUJA DE BUSTAMANTE 27-29 de Septiembre de 2008 DIA 27 Cogimos el último teleférico de Fuente De a las 18:00h, para ganar el murallón de 753metros de desnivel en 4 minutos. Así nos daría tiempo de acercarnos lo más posible al inicio de nuestro próximo objetivo: escalar el cresterío de Madejuno a Tiro Llago y a poder ser del Torreblanca al Llambrión. Aunque barajamos la posibilidad de ir a Cabaña Verónica, lo encontramos más interesante dormir en el Tiro de Casares o porqué no, en la cumbre de la Torre del Hoyo Oscuro, como ya habíamos planeado en otra ocasión infructuosa. Teníamos el tiempo justo antes de que anocheciera. Habíamos cargado solamente con tres litros de agua cada uno aun sabiendo que nos quedaríamos hasta el lunes. En media hora pasamos La Vueltona y seguimos el camino minero hasta el Collado de Fuente Escondida. El camino sigue en apariencia unos metros, pero estuvimos atentos para abandonarlo y seguir por trazas de sendero entre pedreros hasta alcanzar por fin el Tiro de Casares (2352m) sobre las dos horas. Aprovechando el bonito atardecer ascendimos hacia la cumbre del Hoyo Oscuro para ver la posibilidad de un vivac. El sol fue desapareciendo por el horizonte de montañas a la izquierda de la Bermeja. Toda la cordillera Cantábrica se extendía transversalmente. La cúspide parecía tener varias cumbres y la más alta, la más lejana (occidental) (2429m). A la que seguimos, porque no encontrábamos buen emplazamiento para echar los sacos. El último rayo de sol sucumbió y el aire frío nos entumecía las manos. Cuando creíamos no encontrar nada en la misma cima nos imaginamos dos sitios para estirar los sacos. Yo rodeé el lugar con piedras para protegerme del viento. Pero prácticamente no hacía aire. Asistimos al ocaso de una estrella: seguramente el planeta Venus que fue engullido tras el crepúsculo solar. Y la oscuridad de una noche sin luna dejó ver la categoría del "hotel" en que nos hallábamos. Javi se metió en el saco de plumas enseguida. Aunque cenamos algo. Mi saco era de fibra, pero me protegí con una funda vivac. Es curioso, pero la torre del Hoyo Oscuro tiene que ver en el fondo con mi encuentro con Javi en la vida de aventuras. La primera vez que oí hablar de esta cumbre fue a una chica durante una excursión en Asturias de las tantas que organizan cada fin de semana los múltiples grupos que existen en esa tierra. Resulta que había pasado tal miedo que no quería volver a ir con el Grupo de Montaña del Torreblanca. Entonces, yo acababa de "aterrizar" en Asturias y no pertenecía a ningún grupo, pero me dije que tendría que conocer a éstos "que hacen cosas de miedo". Javi no es que saliera con ellos habitualmente, ni pertenecía, creo que la primera vez que salió le hablaron referente a mi que salía con ellos, aunque, estaba trabajando cerca de donde él se encontraba, casi en el "exilio" de Asturias y que podíamos hacer por coincidir. Porque normalmente él hacía también cosas por su cuenta. Y un día coincidimos: me acuerdo que fue para salvar uno de los mayores desniveles posibles en España: de Puente Poncebos al Torrecerredo y bajar en el día y atravesar la montaña colándonos en el túnel del funicular a Bulnes cuando lo estaban construyendo. También nos disponíamos a subir la montaña que daba nombre al grupo que pertenecemos, "Torreblanca" y que todavía no habíamos ascendido. DIA 28 La noche rozó los 0 grados. Y la helada que nos cayó fue importante. Tuvimos que sacudir la escarcha de las mochilas y los sacos. Hasta que no nos dio el sol no nos levantamos. Aunque fue temprano, porque estábamos muy altos y el sol apareció esquivando el cresterío de Peña Vieja. A las 9:00 comenzamos la jornada descendiendo de la cumbre hacia la base del Madejuno donde emprenderíamos nuestra actividad. Antes dejamos material que consideramos que nos sobraba y los sacos y parte de comida. Pues el lunes aún nos quedaría otro día para escalar algo más técnico. Sin ganas de subir todo hasta la base tomamos de referencia un hito sobre una roca situada en un colladito con algo de hierba y orientamos con la brújula el rumbo ya que quedaba a un par de centenares de metros. A la vuelta intentaríamos pasar por él. A medida que nos acercábamos la esbeltez del Madejuno iba achatándose y lo que parecía una grieta inaccesible sin las técnicas de escalada al final no usamos si quiera la cuerda. Eran ya las 10:30h. Nos hubiera gustado que fuera un poco antes con la intención de llegar lo más lejos hasta el Llambrión, pero conocemos nuestro ritmo y vamos por partes. Para bajar de la cumbre (2509m) rapelamos. Llevábamos dos cuerdas de 60 metros, demasiado, pero tampoco teníamos otra cosa. Nos habían advertido de un rapel de 40 metros más adelante en el Tiro Llago. La arista se afiló como un diente de sierra. Llegamos a la base de la Torre Amarilla donde parecía que el uso de la cuerda se hacía recomendable. Encontrábamos fácil las instalaciones de rapel así que no nos arriesgábamos a destrepar, pero según especimen todo era destrepable salvo uno volado. Una cumbre sin denominar se hacía andando por la izquierda y otra la rodeamos antes de escalar el Tiro Llago. Algunos tramos los hacíamos en ensamble asegurando. No teníamos muy claro por donde se atacaba el Tiro Llago pero lo más evidente era llegar a una brecha entre la punta de la derecha y la Occidental. Desde una punta, la siguiente siempre se veía espeluznante, pero luego el terreno era más benévolo. Javi tiró sin avisar a la Occidental cuando yo creía que íbamos a asegurar, pero la roca era buena, abundaban los agarres y al final no fue tan difícil. Para pasar a la Oriental se rapelaba primero de un puente de roca. No se nos estaba dando tan mal: llegamos a la cumbre principal de Tiro Llago (2561m) cerca de las 14:00. Pero decía la guía que lo más difícil era bajar de allí. Comimos y saboreamos la sucesión de gendarmes del cresterío que habíamos recorrido. La cresta interrumpía su escabrosidad hasta la siguiente cumbre: el Torreblanca, donde comenzaba otro cresterío más erizado si pudiere hasta el Llambrión. Pensamos que cómo mínimo subiríamos el Torreblanca. Ninguna de las cumbres de este día las habíamos ascendido antes. Cuando buscábamos una manera de bajar, pues creíamos que se destrepaba, divisamos un poco más abajo un rapel y más aún un segundo. Así que no lo dudamos. Mientras tanto una pareja que había comenzado la escalada bastante después que nosotros nos ganaba terreno. Acercándonos al rapel Javi tuvo un susto pues en numerosos puntos una fina película de hielo tapizaba las partes más sombrías. Tardamos en desliar la cuerda y en vez de hacerlo de un tirón hasta la brecha (40m) rapelamos solo con una hasta el siguiente rapel que veíamos. Luego en vez de rapelar para la brecha rapelamos directamente atajando la vertiginosa canal que descendía de ella con los 60m. Se nos volvió a liar las cuerdas bajando Javi. Entonces nos alcanzó la pareja. Nos describió la segunda parte de la ruta que pretendíamos hacer y pensó que hasta Tiro Tirso llegábamos a tiempo. Cuando quisimos recuperar las cuerdas el nudo se nos enganchó en una grieta. La pareja aunque estaba descendiendo por otro lado hacia la brecha, nos ayudó después desde la canal. Habíamos perdido mucho tiempo en descender de Tiro Tirso. (Al día siguiente nos explicaron que lo normal era descender a la brecha, rodear la montaña por la vertiente de Liordes y salir a otra brecha por la que se desciende una corta canal). Pues se nos había hecho un poco tarde. Eran las 15:30h y no nos entretuvimos más, para ganar la cumbre de Torreblanca (2609m) en media hora. Con menos dificultades de lo que parecía de lejos. Habíamos calculado 2 horas de regreso a las mochilas desde el Llambrión y dirigirnos después a Cabaña Verónica, por lo que teníamos que llegar al Llambrión como muy tarde a las 18:00 para que no nos sorprendiera la noche. Pero la tarde cayó muy rápido en este entretenido tramo. Pasamos primero "a caballo" por el filo de un sable como nos habían anunciado. Luego ganamos la ante cumbre de la Torre Sin Nombre y nos encontramos con un corte por donde teníamos que descender como 40 metros por la vertiente de Hoyo Sengros para coger una vira ascendente y ganar así la cumbre de la Torre Sin Nombre (2591m). Era bastante evidente, porque si te pasabas se intuía un "patio" de unos centenares de metros. Aseguramos los siguientes metros aunque no fueron muy difíciles. Seguidamente nos encontramos con un muro que parecía insalvable para llegar al Tiro Tirso. Un colgajo de cinta pendía en medio de una placa bastante lisa: el paso clave que se le había olvidado comentarme la pareja que nos había alcanzado antes. Javi no estaba muy por la labor y yo me dije que no podía ser tan difícil. No podíamos perder más tiempo así que me armé de valor. Por supuesto iba asegurado. Al final las salvadoras rebabas o apoyos en adherencia fueron apareciendo y conseguí pasar por allí. Después la cumbre se intuía a 2 minutos y así le avisé a Javi que se animó bastante. Pero cuando llegamos a Tiro Tirso (2639m) eran ya las 19:00. Parecía increíble que hubieren transcurrido tres horas desde la cumbre de Torreblanca. Bajar por el espolón de Tiro Tirso hacia la brecha que lo separa del Llambrión fue más fácil de lo que había temido, pues una vez lo había visto desde la cumbre de enfrente. En media hora habíamos ganado la base y desde luego había que olvidarse del Llambrión para bajar cuanto antes. Disfrutamos de las luces del atardecer que tiñeron de rojo las montañas que nos rodeaban. Entre ellas la silueta del Picu Urriello. El descenso a Cabaña Verónica resultaba más fácil pero no podíamos olvidarnos de buscar los sacos y resto de material, porque además nos habían dicho que el guarda solo abría los fines de semana (lo cual no era cierto). Cualquier otro camino atravesaba una zona caótica de lapiaz que iba a ser complicado de noche. Apuramos sin frontales hasta las 20:45 cuando ya nos sumergimos en la noche. Aun nos quedaba cruzar terreno incierto y no pudimos mantener el ritmo. De día no parecía que hubiere repentinos desniveles pero ya nos encontramos alguna sorpresa y tuvimos que retroceder en un par de ocasiones, porque no podíamos bajar. Creímos muchas veces llegar al último contrafuerte tendido o cordal que partía del Madejuno y en el que las mochilas se encontraban detrás. Pero las pendientes no nos cuadraban. De vez en cuando veíamos algún hito. Por fin decidimos remontar lo que parecía el cordal que buscábamos ya que debíamos estar muy abajo y dimos con la referencia del hito sobre la roca en un colladito de hierba que nos habíamos fijado por la mañana. Enfilamos rumbo con la brújula y dio la casualidad de tener el punto más brillante del cielo que debía ser un planeta en esa dirección. ¡Lo encontramos! Eran sobre las 22:00h. Javi se encontraba muy cansado tras 13 horas de actividad y quería vivaquear por allí cerca. Íbamos a tardar como una hora hasta Cabaña Verónica y no sabíamos si encontraríamos una parte abierta, así que decidimos pasar la segunda noche a al intemperie. Esta parecía algo menos fría. DIA 29 No nos levantamos hasta que nos alcanzó el sol. Ésta vez tardó un poco más porque había grandes rocas por el entorno. Nos quedaba un litro de agua para pasar el día. Tardamos una hora en llegar a Cabaña Verónica a pesar de seguir una ruta de hitos y de día. Por sorpresa se encontraba el guarda que nos estuvo poniendo al día de lo que habíamos hecho y de lo que nos quedaba por hacer. Por cierto él se iba a buscar agua al refugio de Urriello. Tomamos también un café. Se encontraba además otro acompañante y la del refugio de Urriello que nos atendió hacia poco cuando escalamos por allí. Decidimos encaramarnos este día a la aguja de Bustamante. Aunque ya le habíamos echado un vistazo a la pared de Horcados Rojos. Pero tanto Javi como yo no nos encontrábamos muy entonados este fin de semana y lo dejamos para otra ocasión. Así lo demostramos en la escalada a la aguja que tardamos la de san Quintín. Sin la seguridad de que hubiéramos acertado con la vía. La roca tampoco fue de confianza. Subimos en tres cortos largos y bajamos en un rapel de 60m. Luego me enteré que ya la había subido en otra ocasión hace 17 años. Me parecía recordar que era la aguja cercana de la Canalona, pero estaba equivocado. Y también habíamos tardado un montón. Así que algo tiene que tener. Eran las 16:30. Otra vez andaríamos apurados para poder bajar en el último teleférico a las 18:00. Tan solo nos sobró unos minutos.
CRESTA DEL DIABLO Habíamos escalado ya el año pasado la arista más larga del Pirineo, Salenques-Tempestats, que concluye en la cumbre más alta, el Aneto (3404m), dándose por cumplido nuestro sueño, el cual se unió al de pasar la noche en ella. El macizo de Balaitús, pirámide sostenida por cinco aristas, sin embargo, goza de ser de los más agrestes, y el recorrido de una de sus crestas es el más exigente, mantenido y difícil del Pirineo. La sucesión de tantas puntas, esbeltos pináculos, agujas y prominencias afiladas, separadas por pequeñas hendiduras bien sugieren nombres como Cuernos del Diablo, Tridente, Canino, Lucifer... Catalogada como MD inferior (Muy difícil) la Cresta del Diablo recorre una estrecha aérea alineación de Sur a Norte desde el pico Cristal (2889m) al pico Soulano (2920) y luego cambia de dirección solapándose con la creta de Costerillou de Este a Oeste concluyendo en el Balaitus (3144m) tresmil más occidental de la cadena pirenaica. Otras aristas divergen desde la cima en todas direcciones. Concluyendo, una de las aventuras más interesantes que he pasado en mi vida. No era fácil coincidir con Javi en la disposición de un fin de semana más el lunes libre para realizar esta actividad que nos requería tres días; y a demás, que hiciera buen tiempo. Bueno, parecía que iba hacer bueno el domingo, pero el lunes casi seguro que no. Cuando llegamos allí nos enteramos que las previsiones eran aún peores que las pronosticadas en otros medios. Aunque las precipitaciones anunciadas no eran importantes. Javi venía de Avilés y yo de Burgos. Nos juntamos en Vitoria cerca de la media noche del viernes y dormimos en el coche. Al día siguiente partiríamos a las 15:00h del embalse de La Sarra (1438m) en Sallent de Gállego por el camino que remonta el profundo barranco de Aguas Limpias. Tras atravesar un bosque de hayas que deja entrever algunas cascadas te encuentras más adelante con la colosal presa del embalse de Respumoso. Pero sin prestar atención a ella, el lago que forma es bonito y te sorprenden unas montañas perfectamente piramidales: La Gran Facha, Campo Plano y Llena Cantal. El refugio de Respumoso a 2200m se encuentra unas decenas de metros elevado sobre su orilla norte. La Cresta del Diablo estaba en boca de muchos, en un refugio abarrotado. Hablamos con un par de personas que tenían una buena guía del macizo y estaban animándose meterse en la misma arista. Cenamos sopa de fideos y ternera con verduras y patatas, y a las 22:00 nos acostamos. Ya que nos debíamos levantar a las 4:30h. Las mochilas eran fáciles de preparar porque teníamos que arramblar con todo. Habíamos decidido tratar de enlazar dos crestas: la del Diablo y la de Costerillou para posiblemente vivaquear en la cumbre del Balaitús (3144m). Así que llevábamos un saco ligero, funda vivac, 2 litros de agua cada uno, algo de comida, frontales, ropa, botiquín y el material de escalada: 2 cuerdas de 60 y 50 metros, casco, arnes, reverso, 4 cintas con mosquetones, 4 anillos largos, 3 mosquetones de seguridad en total (Javi perdió uno), un juego de fisureros y un friend del 1. Nada de pies de gato. Javi lleva unas zapatillas duras de treeking y yo unas botas. Salimos a las 5:00h junto con la pareja que se había animado y se había levantado ya a las 4:00h. Partir de noche tenía sus riesgos; más en una noche sin luna y tan oscura. Sabíamos que teníamos que remontar unos metros el sendero normal al Balaitús paralelos a un arroyo y cuando se viera un rellano a la derecha, abandonarlo para bajar hacia él. Pero claro, no se veía más que la tremenda sombra de la noche. Así que nos pasamos de largo. Más adelante no era fácil bajar hacia el arroyo que bajaba de los ibones de Selousere. Y cada vez nos alejábamos más de su murmullo, tomando mayor altura. Cuando quisimos bajar, unos resaltes rocosos nos lo impidieron. Con ayuda del altímetro, la brújula y la débil luz de las estrellas que recortaban el oscuro perfil de la cresta del Diablo enfrente, pudimos orientarnos. Pero no teníamos ni idea por donde teníamos que bajar al barranco. Sabíamos que era necesario alcanzar las proximidades del ibón de Selousere (2450m) por debajo, así que retrocedimos y nos acercamos lo más que se podía a oír el murmullo del arroyo que baja de él. Pero un escalón de unos 20 metros nos separaba del famoso rellano por donde transcurre. Así que acabamos rapelando de un arbusto para llegar a él. Empezaba a clarear cerca de las 7:00h. Este percance nos había retrasado más de una hora. Aún nos quedaba más de 300 metros de desnivel para alcanzar la brecha Canino desde la cual se suele comenzar la escalada. A las 7:20 ya se veía perfectamente. Las cumbres del Balaitus y Frondellas tímidamente se encendieron de rojo al dejarse entrever por las nubes que las cubrían. Según el croquis teníamos que pasar entre dos farallones alargados poco antes de llegar al ibón para elevarnos diagonalmente sobre él. Alcanzamos las proximidades de otro pequeño ibón (2630m), y nos elevamos por una canal hacia la derecha para buscar el pie de los primeros resaltes que tendríamos que escalar. Pero justo debajo del Canino, en vez de dirigirnos a la derecha para comenzar la arista en la brecha sur, nos dirigimos a la izquierda a la siguiente brecha. Por lo que comenzaríamos la escalada entre el Canino y la punta Proserpina. Eran las 8:30h. La niebla nos engulló creando el ambiente apropiado para escalar la arista que hace referencia al diablo. Enseguida nos elevamos por agujas afiladas de cuentos de brujas, pasando de una a otra atléticamente y al fondo las tinieblas parecían surgir del mismo infierno. Lamentamos que la cordada que nos acompañaba se diera la vuelta a las 10:00h dado que la arista se puede recorrer en los dos sentidos. El tiempo parecía considerablemente peor que el anunciado pero nosotros no perdimos el optimismo. No hacía excesivo frío aunque no nos quitamos el goretex en todo el recorrido. Apenas hacía viento. Pero nos cayeron algunas gotas. La roca estaba húmeda y quizá fue lo que reprimió a los otros. El primero en encaramarse a los espacios aéreos fue Javi en un largo bastante asequible por una fisura vertical a la Punta Proserpina. Luego continuamos en ensamble, asegurando, en suave descenso como equilibristas, salvando delicadamente un estrecho corte. La oscura niebla no nos dejaba ver a lo que nos enfrentábamos más allá de nuestros pasos inmediatos que requerían toda nuestra atención. Tras la brecha de Lucifer y la punta Lucifer, por terreno poco complicado alcanzamos otra brecha sin nombre y debíamos escalar un resalte prominente. Tendiendo un poco a la izquierda subí yo primero en un largo de cuerda. Se trataba del Plató de los Diablos. Una cima constituida por un gran bloque cuya parte superior forma un plano ligeramente inclinado. Para bajar de allí hace falta un rapel de 10 metros desde su parte más baja. Alcanzamos la brecha de los Diablos. Otro resalte aún más importante es el Tridente Sur. Subió Javi en otro largo tendiendo a la izquierda por una chimenea bastante vertical. Remontamos los gendarmes de las crestas y con otra corta escalada concluimos en la cumbre principal del Tridente Sur (2854m). Eran las 12:00h. El tiempo estaba mejorando. Un rapel muy vertical de 25 metros nos deja en la brecha del Tridente al pie del Cuerno del Diablo Sur. Los Cuernos del Diablo son dos esbeltas agujas gemelas de unos 20 metros que no resulta su escalada tan difícil como parece. Y sus cimas son diminutas. En la reseña leemos que la parte más complicada de la cresta comienza aquí. Para subir al primero de los Cuernos Javi flanquea por su izquierda en descenso en un paso muy expuesto, para situarse en la brecha entre los dos Cuernos. Nos reunimos ahí para escalarlos. Javi sube el Cuerno Sur tendiendo ahora a la derecha. La pared le quiere echar para fuera, IV+, y llega alcanzar una grieta vertical más fácil de asegurar que le lleva directamente a la peliaguda cumbre. Apenas caben dos personas. Nos recuerda al Torreón de los Galayos, pero el Cuerno resulta mucho más delgado. En un rapel volvemos a situarnos en la brecha. El segundo Cuerno me toca a mí. Desde aquí parece más asequible. También muy vertical de IV+ encuentro dos pitones. La cima es más cortante. Bajamos rapelando a la brecha del Tridente Norte. Cuando uno sube a alguna de las agujas del cresterío no sabe si está en pleno infierno, tocando el cielo o ambas cosas. El Tridente Norte (2865m) presenta un muro fisurado muy liso interrumpido por un techo que visto desde los cuernos parace muy expuesto y dificultoso. No tanto desde la brecha, y le toca a Javi superar el bonito paso de IV+. A media altura, una travesía a la izquierda en horizontal, sobre una rebaba de un centímetro, bajo el techo, parece un milagro que el canto de las botas te vaya a sostener. Es necesario para superar el techo que se corta y te permite pasar a un diedro inclinado concluyendo en su cumbre. Eran ya las 16:00h. Javi no estaba por la labor de escalar todas las puntas, porque íbamos muy lentos, pero dado que no era fácil esquivarlas y el propósito no era llegar a ningún sitio si no escalar en sí, estábamos recorriendo la cresta íntegra. Habíamos renunciado al segundo tramo, el de Costerillou, menos entretenido que quedaría para el día siguiente u otra ocasión. Después del Tridente Norte la cresta parece impracticable pero debemos escalar los tres gendarmes siguientes muy juntos. Con algún destrepe delicado, expuesto. Esto lo hacemos asegurando y yo voy de primero. La reunión se hace la más incómoda. Desde la última punta se baja en rapel 10 metros hasta la brecha de la Piedra Elevada. Aquí nos separamos unos metros del filo de la cresta por su vertiente Oeste para cogerlo de nuevo en una escalada fácil escalonada III+. Se progresa seguidamente cogido de las manos a la arista y el cuerpo colgando en la vertiente francesa. Por aquí vamos en ensamble. Y todavía escalamos un muro bastante vertical con agarres suficientes. La cresta continúa más o menos horizontal hasta la sorpresa final: un bloque liso de granito no muy alto, que presenta una fina fisura vertical con dos pitones poco separados. Obligatoriamente pasas en artificial o 6a en libre. No nos complicamos mucho, pasando Javi primero. Seguidamente, destrepando por la arista, fácilmente alcanzamos la brecha sur del pico Soulano. Desde atrás en la cresta, se ve un imponente contrafuerte que no sabes por donde continuaría la escalada, pero no esperas que se pueda progresar caminando en pendiente tendiendo hacia la derecha. A las 18:30 coronamos la cima del Pico Soulano (2920m). Hallamos un vivac en la misma cumbre, pero como era temprano no vimos necesidad de quedarnos y descansamos media hora, para comer y beber algo más, de lo que habíamos comido y bebido hasta ahora. Divisamos un vivac en la amplia brecha que separa la cresta del Diablo de la de Casterillou que podía ser una buena opción. Recogimos la cuerda. El peso de las mochilas nos había parecido justo. Y no nos había molestado en absoluto. Nos había sobrado una cuerda de 50m y cargué todo el rato con en ella. Ya que nos habíamos arreglado con llevar la de 60m en doble. Desde el pico Soulano avanzamos por la arista todavía en dirección norte, hasta un balcón que interrumpía bruscamente la cresta. Javi retrocedió para destrepar delicadamente no sé por donde porque le perdí de vista. Yo atrás me separé un poco del filo, por la derecha, aunque luego tuve retroceder unos metros porque la ladera no era continua y no me atrevía a descolgarme. En las proximidades de la brecha llegué a una primera aguja en la que esperaba encontrar a Javi preparándose para rapelar, pero no estaba allí. Debió realizar un destrepe muy expuesto y yo no me atreví. Así que aproveché una reunión para montar el rapel, y fue esta la única vez que me alegré de llevar mi propia cuerda. Seguidamente otra aguja se destrepa unos metros y mediante un rapel de 10 metros se alcanza directamente la brecha. Pero esta vez parecía más fácil y salvo los últimos metros no me costó demasiado. Un poco más a la izquierda había un cómodo vivac. Javi estaba observando desde el vivac que habíamos divisado. Él ni siquiera había visto las dos reuniones para rapelar. Por fin concluimos el día a las 20:00 en la brecha Demeure Soulé (2834m). Como Javi había llegado un poco antes, había dado una vuelta por ahí descubriendo dos cavidades en las que se cabía medio cuerpo, para refugiarse de la lluvia dado el caso. Y es que al final habíamos tenido suerte con el tiempo. Javi no tardó en acoplarse en el pequeño vivac que habíamos visto desde arriba. Otro vivac estaba preparado junto a éste, pero no era tan cómodo. Por lo que yo decidí marcharme al que antes vi junto al destrepe. Antes comimos otro poco, y es que no teníamos mucho que comer. Sorprendentemente, mientras anochecía vimos el perfil de la cara del diablo: un cuerno, nariz y barbilla y parecía reírse del cielo con sarcasmo, mientras contemplaba las estrellas. Nos acostamos a las 21:00h pues, en emplazamientos diferentes. Yo con una térmica, el forro y el goretex no parecía que debía pasar frío. Javi no llevaba forro así que me pidió todo lo que me sobrara. Lo malo era que mi vivac al pie del último resalte de la Cresta del Diablo daba al Oeste y una ligera brisa proveniente del Occidente alborotaba la tranquilidad. Mientras que en el de Javi, protegido por la cresta de Costerillou, daba al Este y no se notaba el viento para nada. Tumbado en tan tremenda soledad, erguido por una afilada arista, pude ver unos resplandores tras las cumbres de los Frondillas: cómo se encendía repentinamente el cielo para volverse a quedar en tenebrosa oscuridad. Las estrellas tan pronto reaparecían como parecía que habían huido. A las 22:00h comenzó a llover. No me daba tiempo a recogerlo todo para ir a las cavidades aquellas así que me cerré la funda vivac y aguanté. El viento me secaría pronto. Pero cerrado así, me costaba respirar. Habían anunciado lluvias débiles así que no tardó en parar. Sin embargo, los relámpagos se hacían cada vez más insistentes y comenzaron a oírse estruendos. Cada vez más cerca. Unas gotas anunciaban otra nueva embestida del temporal. Esta vez recogí todo a tiempo mientras Javi me echó una voz: ¡vamos a cubierto! Pero no conseguimos llegar a tiempo, porque Javi no daba con las cavidades que había descubierto antes. Y nos calamos bastante. Este fue nuestro error, porque en las fundas vivac no nos hubiésemos mojado tanto, al fin y al cabo estaban para esto. Los relámpagos iluminaban nuestra búsqueda desesperada. Las rocas brillaban con el agua que escurría. Al fin habíamos encontrado los huecos. Hubiéramos tenido que soportar una tormenta de granizo. El agua escurría del techo pegado a las narices. Cuando paró, regresamos al vivac, pero esta vez me quedé junto al de Javi que por lo menos no soplaba aire. Durante la noche, que se hizo larga, aguantamos algunos chaparrones más, pero esta vez no nos inmutamos. En la prolongación de la noche pasamos algo de frío. Envueltos en la niebla, de vez en cuando, abría para dejarnos ver un cielo encapotado oscuro. El viento empujaba la niebla que atravesaban la brecha de abajo hacia arriba. De pronto, una llama apareció por el horizonte: bajo el hueco que dejaban el manto de nubes negras, surgía de detrás de las montañas, el sol rojo de ira a las 7:42h. Contemplamos absortos la batalla silenciosa desencadenada entre la luz y las tinieblas. Y así como se erigió el sol sobre la tierra fue engullido por el cielo. Recogimos todo empapado y sin discutirlo emprendimos el descenso por una estrecha repisa herbosa que descendía al pie de la arista del Diablo y sobre los farallones del barranco de Respumoso. Parecía que podíamos hacerlo andando, pero desembocamos en lo alto de una chimenea esquistosa en la que estaba preparado un rapel. Javi tardó en desenredar la cuerda. Empleamos los 30 metros. Hubiera sido difícil bajar destrepando y nos extrañaba que las reseñas no hicieran referencia al rapel. Poco después alcanzamos los pequeños ibones superiores de la cabecera del barranco que no de su fondo. Y volvimos a pasar por el pie de donde habíamos empezado a encaramarnos a la arista el día anterior. La niebla nos dejó echar unos vistazos a la enriscada arista del Diablo. Como si éste quisiera despedirse de nosotros maldiciéndonos. Esta vez acertamos con el camino de regreso al refugio, dándonos cuenta que habíamos cruzado el barranco la otra noche por la parte mas escarpada. Hicimos una breve parada en el refugio donde aprovechamos para tender a secar algunas cosas y tomar algo caliente. En dos horas desandamos el barranco de Aguas Limpias y no comenzó a llover hasta que alcanzamos el coche. Al fin y al cabo tuvimos una suerte con el tiempo inesperada.
TORRE SALINAS (2443m) Nos volvemos a juntar los tres indomables Javi, Sergey y yo, para embarcarnos en una escalada más seria que las acostumbradas. El ucraniano lejos de escarmentar desde la aventura de la canal de Ozania se ha adentrado en el mundo de la escalada fuertemente, aunque sobretodo deportiva. Esta iba a ser de sus primeras escaladas en alpina. Nos acercamos desde Oviedo en dos coches porque Sergey trabajaba el lunes pero Javi y yo quedaríamos para hacer alguna cosa más. Me cogí un gran mareo por las curvas del puerto de Tarna de copiloto así que nos despejamos con un baño en el pantano de Riaño. El día era bochornoso y costaba creer que se avecinaba un cambio de tiempo para los 2 próximos días, casualmente. Con posibilidad de tormentas. Cerca de las 20:00 nos pusimos a caminar desde el puerto de Pandetrave hacia la Vega de Liordes. No queríamos problemas esta vez con los guardas así que recorrimos la pista andando. Nos cruzamos con un par de ciclistas, bueno, uno y medio porque su compañero estaba reventado en el suelo. Venían desde San Vicente de la Barquera que está en el mar. Como dos horas y media nos llevó alcanzar la ensoñadora pradera de la Vega de Liordes. Ya con poca luz, cenamos y nos acostamos en “el hotel de las 1001 estrellas”. La temperatura era ideal. “Aquello tan brillante es Júpiter y eso rojizo Marte”. No puede ser, siempre se ha oído que las estrellas con luz propia tililan y los planetas no. La verdad es que todos los objetos del cielo tililan al atravesar, la luz que nos llega, las sucesivas capas de la atmósfera. Un poco más tarde asomaba media luna iluminando todas las montañas como si de la luna entera se tratara. Día 5 de agosto. A las 6 sonaba el despertador. Poco caso le hicimos porque no nos levantamos hasta las 7 y cuarto. Estábamos agotados. Javier dio de comer a una vaca que se lo tragaba todo. Una pareja y un grupillo más habían dormido en tiendas. Habían escalado ya la torre Salinas y habían tardado 4,5 horas. La guía ponía 6 horas y nosotros calculábamos unas 10 horas. A una hora por largo, pues eran 10. La vía tenía varios V y algún V+. Se trataba de la más recomendada de la montaña, “Casiopea”, 340 metros de desnivel. Menos mal que nos indicaron por donde era, porque esta vía la elegimos confundiendo la Torre Salinas por la Torre de Liordes con su fascinante espolón. Nos acercamos en menos de una hora a la pared y comenzamos la escalada directamente junto a una sima. Sin cuerda, II grado, hasta la boca de la famosa cueva, donde ya pusimos el arnés. Serían sobre las 10:00h. El primer largo lo haría Javier. Sorprendentemente descompuesto, le costaría lo suyo. Debía ser V. Se pasó de largo la posible reunión sin sobrarle unos metros. Llevábamos una cuerda de 50 y otra de 60 metros. Llevábamos una sola mochila para los tres. Una botella de litro y medio para cada uno, fruta, zapatillas de treking para el descenso, algo de comida, ropa, frontales... Esta se convirtió en un cuarto componente como si fuera un niño pequeño muerto. Pues rondaba los 10 kg. Sergey que fue quien realmente tiró más de ella decía que “nunca maís”. El segundo largo que ya no era entero y de III lo volvió a realizar Javier. Quedándome a mi un diedro chimenea de V, el paso clave de la vía. Pasar por allí con mochila era imposible así que la ataron a la cuerda y tiramos de ella a pulso. Así lo repetimos en varios largos. Después alternamos Javier y yo los largos, pues Sergey no tenía experiencia en reuniones ni meter material. Nos acordamos que la guía advertía de un par de zonas resbaladizas, justo cuando empezó a llover. Pero tuvimos gran suerte esta vez, porque resultó una falsa alarma. Javier se preocupó de veras y yo me acordé de cuando viví la tormenta en la norte del Picu Urriello. De allí si que pensaba que no salíamos. El penúltimo largo me tocó a mí. Un diedro chimenea extraplomado que marcaba V+. Yo me acordaba del V+ del Urriello y no era así. Ya nos advirtieron abajo que ojito con los V de la Torre Salinas. Al final resultó ser la escalada más exigente que realizamos en mucho tiempo. Javi se acordaba del Jiso, del Espolón de los Franceses de Peña Vieja, que si bien eran mucho más largas le parecieron más fáciles. Yo tampoco recordaba haberme cansado tanto escalando en Alpina. El último largo era III y después descendimos un poco para remontar la arista hasta la cima. Eran las 21:00h. El sol ya estaba a punto de retirarse tras Los Moledizos. Emprendimos el regreso por la vía normal hacia el collado pero luego seguimos unos hitos que descendían por encima de los grandes contrafuertes. Hasta alcanzar una canal muy marcada y luego nos encarrilaba al collado por el lado contrario a la Vega de Liordes. Sergey nos despidió aquí. Así no tenía que descender a la Vega y volver a ascender para regresar al coche. Iba a andar con la luz muy justa para bajar la engorrosa canal. Como sólo había dejado el saco y la esterilla, se la cargaríamos nosotros al día siguiente. Javi y yo alcanzamos la Vega cuando ya se nos estaban poniendo los ojos como de búho. Pero no llegamos a encender las frontales. A las 22:30 estábamos de vuelta en la acogedora pradera de Vega Liordes tras casi 14 horas de actividad, y, sin embargo, nos notábamos menos cansados que el día anterior. Nos acostamos de nuevo bajo el manto de estrellas sobre las 23:15, pero esta vez había algunas nubes. Despertaríamos en alguna ocasión envueltos en niebla y a las 5 de la madrugada la lluvia nos haría la misma jugada que hacía tres años, teniéndonos que refugiar en la pequeña cabaña. Otro año más tendría que esperar la escalada de la arista Madejuno a Tiro Llago. Ya la lluvia fina no nos dejó tregua. La excusa perfecta para permanecer 12 horas en el saco. Cuando bajábamos la canal como sospechábamos nos pasamos de largo el desvío ya que continuamos por un cómodo sendero, engullidos en la niebla. Igualmente le había pasado a Sergey por la noche. Remontamos por un camino que nos iba a dar directamente al final de la pista, donde se solían dejar los coches cuando era permitido. Tres años después regresábamos igualmente lloviendo por la pista interminable al coche.
EL RIO TRUBIA EN PIRAGUA Diez días antes recibía una llamada de Maite, la mujer de mi hermano: “¿Vas a estar en Asturias el primer fin de semana de septiembre?; es que tu sobrino tiene vela en Gijón y Miguel quiere hacerte alguna proposición indecente”. Yo me había comprado una piragua hace poco y mi hermano estaba como loco por descender algún río. Así que nos juntamos y como en el río que nos lleva, ya no hubo marcha atrás… Esta vez el día estaba soleado, la corriente del río siempre depende de que soltaran agua del embalse, si no, no había agua, cosa que nos enteramos que solían hacer de 11 a 15:00h. Ya lo conocíamos, porque habíamos descendido un par de veces en el 99 y 2001. Mi hermano en el 2002 la segunda mitad en el transcurso del Raid de aventura Valles del Oso que organicé con Deporaventura. Pero esta vez la emoción era intrínseca. No necesitaba de más. El corazón palpitaba con júbilo antes de alcanzar el agua. Arrastramos las piraguas por el talud desde la carretera próximo al muro de las turbinas de la central de Proaza, descolgándonos de la vegetación o apoyando la pala. El agua estaba remansada unos metros y enseguida venían ya los rápidos cuando pasabas por delante de la canalización de las turbinas. Maite volcó aquí hacía 8 años. Y luego saldría asustada a la altura donde están ahora las piscinas de Proaza. No podía resistir la tensión. El río no da tregua. Una sucesión de rápidos te advierte que ya no puedes perder la concentración. Debes ser tú quien lleve el control de la piragua y no dejarte llevar por la fuerza del río. Las olas provocaban un continuo vaivén en la embarcación y las que eran mayores, las rompías lanzando la piragua con fuerza contra ellas. El agua salpicaba entonces contra tu cara mientras intentabas entrever que no había ningún otro obstáculo delante más que espuma blanca rebufando. Ante la furia del río no te resistas. Mi hermano me llegó a comentar: “Si se avecinan rápidos, tienes que coger más velocidad que el agua para que no parezca que sea esta quien te lleve”. Luego me confesó que se lo dijo uno de los campeones de velocidad de España en aguas bravas, que tuvo oportunidad de conocer en el descenso del río Asón. De vez en cuando nos tragábamos algunas ramas que se descolgaban como cortinas de los árboles e invadían el lecho del río. Hubo una especialmente que logré salvar poniendo el remo por delante. Por supuesto llevábamos casco, y en estos casos tienes que encorvarte para delante para proteger la cara. Cerrabas los ojos a la espera de alguna sorpresa cuando los abrías de nuevo. Muchas veces estabas a punto de perder el equilibrio. En otros ríos más remansados siempre asusta cuando vas a atravesar una zona de rabiones por pequeñas que sean las olas que se forman. El río se aviva y del silencio se pasa a un estruendo que estremece en tus oídos como si te estuvieran gritando. Pero el río que estábamos bajando parecía loco por momentos. Si esperabas que ya se fuera a terminar, las olas se hacían cada vez mayores formando profundos valles y crestas dejándote sin aliento. En una ocasión, de repente parecía que te iban a engullir como si de un desagüe se tratara. Veías el profundo surco, casi agujero negro, pero no sabías si levantar la vista para ver que te lanzabas más allá contra un recodo rocoso de la orilla... y de repente así como creías que era el fin, el agua como te metía te sacaba sin rozar nada. A veces no sabías como mantenías el equilibrio ante tanto vaivén... tanta furia desatada. Tenías que aferrarte a tu paz interior para que se llevara a cabo el milagro. Sabíamos que había un paso complicado en una zona oscura por el arbolado donde la otra vez nos paramos para estudiarlo. Y nos estábamos acercando, pues era a mitad del recorrido. Mi hermano volcó en dos ocasiones. Las dos jugando a remontar olas. La primera vez le salió bien el esquimotaje, técnica para darte la vuelta desde debajo del agua sin salir de la piragua. La segunda, la fuerte corriente le impidió darse la vuelta y arremetió contra un recodo del río que provocaba un gran remolino. La piragua se le escapó al no serle fácil salir de allí. Y yo fui tras ella pero no sabía como agarrarla y la corriente me descontrolaba girando un par de veces. Por un lado me preocupaba de intentar pararle la piragua y por otro de mantener el equilibrio ante los obstáculos que se avecinaban. De repente, el río se estrechaba entre unas rocas y rugiendo con fuerza y vivas olas logré sobrepasar lo que debió ser el tramo más emocionante. Mi hermano bajó un buen tramo de río como se debe en estos casos, con los pies por delante, dejándose llevar. Y por una tontería le fastidió no ir montado en la piragua en este bonito paso. Quizá el mejor. Por fin conseguí arrimarle la piragua a la orilla. Este creíamos que podía ser el tramo más complicado, pero la sorpresa vino enseguida. Yo al menos no lo esperaba. Me había permitido el lujo de distraerme no sé con qué y de repente me encontré con unas rocas grandes que el agua pasaba por encima de ellas con blanca espuma. La elección era casi obvia a la derecha entre dos pero no reaccioné a tiempo y me tragué la del medio. Creyendo que iba a pasar por encima de ella con la ola que salpicaba, me atravesé irremediablemente perdiendo el control y volcando. Todo fue tan rápido que apenas me enteré. Igual que mi hermano bajé un tramo de río largo arrastrado por la corriente. Al principio con la piragua de apoyo, luego no, y luego pude recuperarla ya que bajaba más lenta. Hasta que conseguí arrimarla a una orilla. Mi hermano me aconsejó que metiera unos globos atrás como llevaba la suya para que flotara más, porque vio que la mía a veces se perdía de vista medio hundida. Después de vaciarla y montar, al poco de ponerme a navegar, no sé qué pasó, volqué de nuevo. Mi culo debía estar inquieto. Ahora llegamos al punto desde el que salieron en el Raid de Aventura. Lo hicimos así porque el río ya no tenía ningún punto tan peligroso. Pero la relajación fue falsa. Enseguida nos enfrentamos a dos pequeños saltos. Mi hermano había pasado primero y estaba observándome. Dice que me vio toda la piragua por debajo. Ahora sí, cubre menos, y tenemos que pasar por unos rabiones bastante largos. El río es menos oscuro, la furia menos violenta aunque constante. Más allá vemos un puente. “¿Estamos ya en Trubia?” nos preguntamos y también vemos la ermita. Aún con velocidad tenemos que reaccionar impetuosamente para arrimarnos a la orilla y poder salir. Hemos llegado a nuestro destino tras 12 kilómetros turbulentos. “¡Qué pronto!”, al final sólo hemos tardado 1 hora y tres cuartos. Menos de lo que me ha costado narrároslo.
SIERRA DE GUARA Del 1 al 3 de julio de 2007 Por fin desde el 11 de marzo, después de una rotura del maléolo en una carrera de orientación y 50 días de escayola, empiezo a hacer “vida normal”, como me aconsejaron los médicos ya hacía un par de meses. La aventura y oportunidad al caso fue con mi hermano Miguel en la Sierra de Guara: descenso de cañones el Gorgas Negras y el Barrasil. También de propina remontaríamos un tramo del Mascún inferior, al juntarnos con el resto de la familia que viajaron con nosotros: tres niños, su mujer y un padre con su hijo que acompaña en tantas ocasiones a estos. Total 14 horas. A mi me sobraron sobretodo las 2 últimas del Mascún porque entre unas cosas y otras acabé rendido. Pero iba a estar pocos días así que tenía que aprovechar. El caudal este año en Guara era alto. La aproximación fue preciosa pues este año estaba el monte lleno de flores sobretodo amarillas y cubrían bastas extensiones que ya se veían desde lejos. Madrugamos a las 6:00h. Estábamos alojados en el camping del Puente y nos acercamos en coche hasta Rodellar. Comenzamos a caminar a las 6:45h así que no pasamos calor. Además, había muchas nubes. Nos entretuvimos bastante haciendo fotos y visitando el pueblo abandonado de Nasarre. En el macizo de Monte Perdido se veía bastante nieve. Nos adelantaron un grupillo de 5 poco antes de llegar al cauce del cañón y ya no vimos a nadie más. Tres horas nos costó la aproximación. Momentos en los que empezaron a caer unas gotas gordas. No estaban pronosticado lluvias así que no nos asustamos. Pero no podíamos empezar nunca una aventura sin suspense. A las 10:00 estábamos en remojo y así pasamos las siguientes 11 horas. Mi hermano me pilló cojeando un par de veces. Para haber elegido yo esta actividad más seria que otras, no quería dar una imagen lamentosa. Pero al quitarme las botas una gran ampolla en el talón me asustó bastante. Luego con el agua y la segunda piel que fue el neopreno, no me molestó apenas. Tampoco el tobillo me dio mucha guerra aunque iba muy lento, con cuidado todo el tiempo de cómo apoyo el pie. Encontré el cañón más resbaladizo que otros. Lo que verdaderamente me angustió después era que no soportaba las botas al venirme demasiado justas. Después de unas horas casi no podía caminar hasta que se me ocurrió quitarme las plantillas.. También caminaba como un astronauta, encogido por el neopreno, que se me había quedado pequeño. ¿Tanto había engordado desde la última vez? Mi hermano me esperaba a menudo. Qué suerte que el color que más me gusta es el verde esmeralda y turquesa de las pozas con el agua cada vez más cristalina. Además, no estaba nada fría. No estaba nada fría hasta la primera surgencia. La diferencia era brutal. Luego calentaba un poco hasta la siguiente surgencia. Y cada vez estaba más fría. Solo rapelamos una vez. El más alto, como 15 metros, y la verdad es que asomándote, veías que se podía saltar, aunque la poza profunda era estrecha. Una cascada hizo el rapel más interesante y bonito. Llegados a un caos se podía rapelar por varios puntos, pero Miguel destrepó por un agujero por el que caía una cascada y un árbol servía de apoyo. Yo si no me llega ayudar él por ahí no bajo, y estuvimos a punto de montar la cuerda. La verdad es que no usamos la cuerda más. Los siguientes saltos que se sucedieron los saltamos. El último de unos 10 o 12 metros mi hermano no se atrevía, y lo hizo desde más abajo. Para mi resultaba más complicado bajar ese poco que saltar desde arriba. Tras 7 horas de cañón, el valle se abría. Aquí finalizaba el Gorgas Negras. Para regresar había que subir a un collado, bajar de nuevo al Mascún y volver a Rodellar. Pero yo iba mejor por el agua así que continuamos por el barranco del Barrasil. Mi hermano miraba el reloj: tendríamos que apurar. En el Barrasil no había rápeles y se nadaba también bastante. Sobretodo al final la poza era inmensa. No sé si hablamos de 700 metros. En mitad desembocaba el Mascún también inundado. Allí nos encontramos con la familia que se habían recorrido la poza unas cuantas veces mientras nos esperaban. Antes de proseguir hasta el puente del camping, nos animamos a remontar el Mascún inferior. Bueno yo no estaba muy animado y me sacaron ventaja. Es bastante bonito pero con algún tramo muy seco. El cañón gira como rodeando el pueblo de Rodellar. Aunque teníamos el coche allí, regresamos otra vez para salir por el puente del camping. Llegamos a las 21:00h. Para ser mi primera actividad, 14 horas ya está bien. Y dentro de 15 días quería correr un Orientaventura, pero pensé que tal como me encontraba no iba a poder ser. Por la noche pensaba que se me iba a pasar el cosquilleo de los pies machacados, pero esta vez no ocurrió del todo. Al día siguiente un barranco más cortito. Los Oscuros del Balcés. La aproximación es corta. Había que subir primero y luego un descenso vertiginoso al cañón. Fuimos todos en familia, Y me tenían que esperar. La que mejor tiraba Irene con 14 años que para algo hacía atletismo. Nos lo tomamos con calma y no nos cruzamos más que con un trío que parecían tener prisa y debía ser su segundo barranco. Porque esta vez nosotros no madrugamos nada. Tampoco conocía este tramo del Balcés el único que tiene rápeles y es más encajonado. Con unos amigos había hecho una vez el Balcés Inferior y al día siguiente el Balcés superior, este extremadamente largo, tuvimos que hacer noche en él a pelo. Me acordaba que el camino de acceso que me había costado tanto ahora, lo tuve que hacer dos veces cuando por él teníamos que salir después de pasar la noche. Nos encontrábamos muy débiles y fui a buscar agua y comida para mis compañeros que estaban menos acostumbrados que yo. Se llaman los oscuros del Balcés porque se pasa un largo pasillo de 150 metros entre paredes separadas poco más de un metro a nado o en oposición. Realmente espectacular. A la salida comimos o merendamos y remontamos la cuesta hasta el coche a la sombra de la tarde. También acabé reventado. El tercer día curiosamente me encontraba bastante mejor. Ya me estaba poniendo físicamente bien. Por desgracia sería mi último día para disfrutar de los barrancos. Tenía que regresar a Burgos y Asturias y había quedado en Galicia con unos amigos también con niños. Elegimos un barranco cortito aunque nos llevó 45 minutos en coche desde Rodellar. Pero a mí me venía bien porque me acercaba a Huesca. Se trataba del Formiga. Sólo lo hicimos Miguel. Padre e hijo Población y yo. Por lo visto para las empresas de turismo activo es muy recurrido y a pesar de que era muy tarde se preparaban para meterse en él decenas de personas. La aproximación no era muy larga y después de un tramo con un cable, en plan ferrata tenías que rapelar. Dejamos atrás decenas de personas, que ya se estaban poniendo el arnés y delante teníamos otras tantas ya con el neopreno puesto a punto de zambullirse. Nos asustamos y sin perder tiempo en ponernos el neopreno nos metimos en el agua sin él para adelantarnos. Alcanzamos a otro grupo en el primer rapel, y nos pusimos el neopreno, aunque tampoco estaba muy fría, mientras acababan. Luego continuamos el barranco más tranquilamente. Partí mi camino hacia las 16:00. Pasé por Burgos y llegué a Oviedo a dormir a la 1:00. Al día siguiente recogí a mi hijo en Cangas de Narcea, recordé viejos tiempos en Ibias y seguí a Pontevedra a disfrutar unos días de playa, sol y el fondo del mar.
Hoy es miércoles 17 de enero. Sí, día de trabajo. Me mandaron comprobar el comportamiento de unas grietas en la variante de Villasana de Mena. Una semana antes habíamos clavado unas puntas como referencias y anotamos… 53 milímetros… De repente me veía descendiendo por una cavidad a la luz de una llama de carburo… 20 metros… Al otro extremo de la cuerda se encontraba mi hermano Miguel. ¿Cómo habíamos ido a parar allí? “Tiembla la diosa madre, remuévanse las entrañas porque hemos contactado de nuevo.” Abordamos la Peña Mena en su vertical atravesando el empinado bosque. Mientras comentaba él: “No, si no la conozco, sólo he estado en su entrada… he rebuscado en Internet y no encontré ninguna reseña…” ¿Pero todavía hay algo que no se encuentra en Internet? Al pie de la muralla final me comenta: “Ahora podemos seguir por el camino o remontar una de las canales”. Parece que se ciega en el desplome final del cordal, pero esta salida sí la conocía. “Subí con los niños por allí una vez que nos decidimos a explorarlo aunque les montamos unas cuerdas fijas”. Se moría de ganas por repetir el itinerario así que ascendimos la empinadísima canal herbosa. Entretenidos resaltes de 50º y 70º. El cielo soleado de la mañana se tornó en nubes grises tormentosas y el viento nos hizo movernos deprisa hacia la boca de la cueva Lérdano teniendo que descender ahora unos metros. Cuando preparábamos el material se salpicó de luces el valle. Esta vez no nos cogió la noche por sorpresa. La buscamos nosotros. La montaña respiraba por la boca, señal de que debía existir una cavidad importante. “A ver que tal se nos da, porque con el material que llevamos me preocupa bastante” decía Miguel. Bueno, el iba con equipo de espeleo pero yo con un sucedáneo de escalada tenía que experimentar lo que era subir por una cuerda vertical, por segunda vez, pero con un material distinto. También rapelé con un aparato que nunca antes había usado. Menos mal que ahora traen instrucciones en el mismo. A mi escaso conocimiento y soltura Miguel añadió un fraccionamiento. Murciélagos sorprendidos revolotearon cerca de nosotros. La sala en que desembocabas era grandecilla y llena de derrumbes. Pero había alguna zona con bonitas estalactitas. Pasamos a otras salas. Exploramos todos los rincones y huecos salvo otro que requería el uso de cuerda. Sorteando bloques, sin referencias particulares empezamos a no saber si estábamos desandando el camino. Descendimos por un paso estrecho y de pronto reconocimos donde habíamos estado. Llegaba la hora de vérselas salir de la cueva. Pues mañana teníamos que trabajar desde las 8. Y a mi me quedaba una larga tirada hasta Burgos. Pero no nos íbamos a preocupar por eso si no conseguíamos remontar la cuerda que pendía como del cielo. Miguel, me mejoró el arnés de escalada con un cordino al pecho para que no se me bajara el shunt y con unos pedales y un tibloc no tuve al final demasiadas dificultades. Al ir acercándonos a la boca nos sorprendió un cielo estrellado. Las luces del valle más vivas aún, nos hacían añorar el descanso todavía lejano. El sendero poco marcado en la noche a la luz de las linternas nos llevo equivocadamente a lo largo del pie de la muralla rocosa. Tuvimos que retroceder unos centenares de metros orientados por las luces del pueblo El Vigo. Miguel tuvo que quitarse el buzo que le abrasaba y a la vez le empapaba de sudor el forro que además tenía debajo. Las hojas caídas del bosque tupían el suelo y a veces nos llegaban a la rodilla. La intuición de una pradera y de una pequeña colina, sombra más oscura, nos guió directamente al coche, cerca de la media noche. Miré el reloj-despertador de la cabecera de la cama: todavía las 2:30. Y seguí soñando…
RUTA DEL ALBA28 de octubre de 2006 Paramos a comer en Anzó el menú del día. Tres platos y el postre: sopa de gallina con fideos, pasta con picadillo y carne guisada con patatas. Lo único que no quiso comer el niño fue la carne, que no las patatas. Era un extraño día de otoño de pantalón corto y camiseta. A las 16:30 empezamos a caminar por la ruta del Alba. Bueno, él caminó tres pasos y a la mochila los 15 kilitos. Por lo menos ahora no protestaba como antes. Le debía parecer más cómoda. De vez en cuando me eruptaba, nos reíamos y en una de esas me dice: “ha sido un que aproveche”. De pronto oye un ruido de motor a lo lejos y me advierte: “viene un Quad”. Pero su alegría era cuando nos pasaba un tractor. Me dice: “mira, ese lleva hormigonera”. Luego lo vio parado y a unos señores trabajando con palas y me explica: “ha basculado”. Como veía que me estaba vacilando me pongo a explicarle: “mira, baja una cascada por el monte y el agua es recogida por la cuneta que corre hasta este agujero y por un tubo atraviesa el camino, va al río y el agua acaba en el mar”. “¿Y dónde está el tubo?” Me pregunta. Luego unos paneles nos descubren los animales que podemos ver pero no vemos. “Esto es un lirón, que se parece a una ardilla”. “Y eso un perro” me dice él. “No es un corzo, ¿no ves que tiene cuernos” le digo. “No es un perro” me dice como le gusta tomar el pelo. Y así seguimos caminando: “ves, el camino va paralelo al río” le digo. “¿Va qué, el camino?... ¿Y por qué se ponen amarillas las hojas?... ¡Mira una babosa!...” A medida que iba cayendo la tarde el camino fue siendo más fotogénico y los saltos de agua mayores. Me crucé con alguna pareja que regresaban satisfechos con el paseo. Recordé aquello que viví en los lagos mientras cartografiaba la zona en que me preguntaban: “¿falta mucho?” Y yo les dije: “depende para qué”. Y como me respondieron “no sé” yo les contesté “pues entonces no”. Yo tampoco tenía muy claro hasta donde ir así que me dio por preguntar: “¿Falta mucho para llegar alguna parte?” La verdad es que la ruta no tiene más fin que el propio camino junto al río. Se me acabó la tarjeta de la cámara digital y continué grabando con la de vídeo, pues cada vez era más bonito. Me animé hasta las últimas cascadas del desfiladero, pero el camino se tornó resbaladizo por las piedras húmedas y ya apenas había luz. Le dije a Miguel: “vamos a tener que correr, la vuelta será más rápida porque seguro que no haremos más fotos. ¿Te acuerdas que con Laura una vez también se nos hizo de noche en un camino por el bosque junto al río?” Salvo el tramo más angosto, el camino era liso y sin más problemas que la posibilidad de pisar algún charco o moñiga. Tres horas nos habíamos adentrado en la montaña. Con el trote el niño se durmió. La oscuridad del desfiladero no terminó de abrir. Los perfiles de las montañas que eran más oscuros se fueron difuminando con el cielo de la noche. De pronto una sombra más negra en el camino se movió repentinamente y huyó monte arriba, causando un estruendo entre la hojarasca. Oí también el canto de algún pájaro que sonaba ahora un tanto tenebroso. Me dije: “qué cuentos más estúpidos se cuentan a los niños”. Cuando despertó, para tranquilizarle si extrañaba le dije: “¿Ves cuántos puntitos blancos, estrellitas? Aquellas que forman una uve doble es Casiopea. Y aquellas que forman un carro es la Osa Mayor. Porque las estrellas hacen formas. Ya te las dibujaré”. “Vale” respondió asombrado. De repente delante se nos alargó otra negrura. Era nuestra propia sombra surgida por la aparición de un octavo de luna creciente. Miguel dice: “¡cómo deslumbra!” Y por fin vimos las luces de Soto de Agües cada vez más cerca. En el coche volvió a dormirse y sin cenar ya no despertó hasta el día siguiente. Cuando ve a la madre por la tarde lo primero que le dice fue: “hicimos la ruta del Alba y corrimos, corrimos porque se hacía de noche, como otra vez con Laura.
Javi de Avilés y Edu de Alicante se conocieron en la isla Reunión “de sorteo” hacía diez años. Yo que venía en estos momentos de Burgos, conocí a Javi en un pueblo de la Asturias profunda. Otro compañero, Carlos de Madrid, no pudo venir a pesar de tener el billete de vuelo comprado para Milán. Allí alquilaríamos un coche con la intención de dirigirnos a Cortina D`Ampezzo, y recorrer algunos de los senderos aéreos de Las Dolomitas durante una semana. Carlos nos facilitó el contacto con una pareja que viven allí: Mario y Patricia. Y nos advirtieron que era muy mala época: este año había nevado muy tarde y había hecho mucho frío; por lo que las montañas conservaban mucha nieve y las ferratas que podían hacerse se contaban con dos dedos. Hasta mediados de Julio era temporada baja y los refugios por ejemplo, que son un centenar están cerrados. Ventajas: nos encontrábamos solos ante tan impactante belleza; la nieve rompía la aridez de las escabrosas montañas que se erguían sobre inmensos bosques de abetos y cedros. Por ellos serpenteaban carreteras que en continuos desniveles separaban unos macizos de otros. Y además trajimos el buen tiempo, cuando en España caían miles de rayos. Día 9. Viernes.EN EL AEROPUERTO. Eran las 5 de la madrugada. Primer incidente: después de embalar la mochila con varios metros de plástico me di cuenta que tenía la documentación dentro. EL VIAJE. El vuelo duró 1 hora 45 minutos. Desde el aire comprobamos la cantidad de nieve existente en los Alpes. Parecía invierno. Los campos en los alrededores de Milán estaban inundados. Unos 300 km separan Milán de Venecia y otros 160 km más a Cortina D´Ampezzo. La autopista era muy concurrida y el trayecto se hizo largo. Acampamos en el camping Cortina donde pernoctaríamos todas las noches. Por la tarde nos reunimos con la pareja y nos informaron completamente de lo que podíamos hacer y era más interesante: además de dos ferratas que no tendrían nieve, la visita a un lago, cascadas y mejores perspectivas sobre las Hollywoodienses torres de Lavaredo. Por las noches cenábamos una pizza o las delicias de la cocina Italiana; había para elegir entre 70 clases de pizzas. Nos solíamos acostar sobre las 23:00h. Día 10. Sábado.COL ROSA (2166 m). Ferrata Ettore Bovero. 430 m de desnivel. Dificultad B. Técnica 2; Objetiva 1; Física 1; Psicológica 2. Desnivel: 870 m de subida y 870 m de bajada. Longitud: 8 km. Jornada de 5,5 horas. La noche ha sido fría: 5ºC dentro de la tienda. Partimos del bonito Camping Olympia (1290 m) sobre las 10:00 h. Las caravanas tenían acopladas un porche cerrado de madera. Una ardilla nos dio la bienvenida. Caminamos por un frondoso bosque de pinos hasta alcanzar el Passo Pospórcora (1720 m) en 1h 15m. Yo ya había escalado ferratas en Dolomitas, pero para Javi y Edu la primera impresión fue de estupefacción alzándonos sobre el bosque por un espolón vertical hacia un cielo azul y autoasegurando nosotros mismos. Los tres con cámaras digitales no dábamos dos pasos sin inmortalizar una imagen que nos impregnaba el alma. No nos agarrábamos al cable sino que nos ayudábamos con las manos en la roca para superar una pared vertiginosa de II o III grado muy entretenida. Alcanzamos la cima Col Rosa (2166 m) a las 13:30h. Después de comer algo bajamos por un estrecho y curioso surco hasta engullirnos el bosque, que en un considerable desnivel y en zig-zag nos devolvió al coche. (1h 45m). 15:45 h. LAGO SORAPIS (2200 m) Desnivel: 200 m de subida y 200 m de bajada. Longitud: 12 km. Como era temprano Javi y Edu decidieron visitar el Lago Sorapis desde Tre Croci (1808 m). Yo este día me encontraba muy mal después de pasar una gastrontiritis los días anteriores, así que no les acompañé. Se trata de un lago azul rodeado de grandes paredes. Tardan 1h 5m en ir y 55m en volver, pero lo hacen corriendo y sobretodo Edu que no solía correr, acaban agotados. Día 11. Domingo.TOFFANE DI ROCES (3225 m). Ferrata Giovanni Lipella. Dificultad C. Técnica 1; Objetiva 2; Física 3; Psicológica 1. Desnivel: 810 m de subida y 810 m de bajada. Longitud: 8 km. Jornada de 9,5h. La noche vuelve a ser fría: 5ºC en la tienda. Nos levantamos a las 6:30 h. Nos cuesta acercarnos en coche al refugio de Dibona (2053 m) más de media hora, aunque paramos hacer fotos de las montañas que nos tenían impresionados. Partimos a las 9:00 h. Faldeamos la imponente pared sur de 1000 m de Toffane di Roces y nos costó alcanzar la ferrata Giovanni Lipella 1h 15m. Esta comienza con una galería por la que se accede por una escalera a una altitud de 2480 m. Pronto aparece hielo en el suelo y tenemos que calzar crampones. La galería se convierte en una auténtica cascada de hielo de 500 m de longitud y 150 m de desnivel. Por dos ventanas se había acumulado nieve y en vez de estalactitas nos encontramos carámbanos de hielo. Así alcanzamos la Forcella di Roces (2630 m) donde salimos al exterior en un amplio balcón suspendido de paredes verticales. La nieve estaba dura. Tuvimos que descender unos metros para continuar por una faja que fue estrechándose en una larga travesía rodeando las paredes de Toffane. De vez en cuando nos encaramábamos a la pared y superábamos verticalmente unos metros para seguir otra faja. Pasamos por debajo de una cascada que aún en parte estaba helada. En la travesía, por más que mirábamos, muchas veces no podíamos ni imaginar por donde íbamos a pasar. En un entrante de la montaña se había acumulado nieve y el cable se encontraba bajo ella. Hicimos uso de crampones y piolet. De repente un alud de piedras cae por delante nuestro, donde estábamos a punto de pasar. Una piedra se escapa y me pasa rozando la oreja. Poco más adelante pasamos por debajo de otra cascada y además, esta vez el cable está totalmente recubierto de hielo, así como los apoyos para los pies. La travesía continúa con nieve intermitente y un nevero inclinado nos hace pasar pegado a él por una repisa de 30 cm con gravilla sobre un precipicio de unos centenares de metros. Javi pasa con temeridad y luego nos ayuda alcanzándonos los cabos de anclaje. Otras veces parecía una tontería ir anclado al cable, pero como experimenté, un simple resbalón, el corazón se te dispara y puedes quedar colgado con suerte del cable con las manos y dientes. Un poco más adelante pudimos comprobar con estupor por donde habíamos pasado: neveros colgados del vacío literalmente pegados en la inmensa pared y por los que particularmente no habíamos tenido sensación de vértigo. Llegamos así a Tre Dita (2694 m) donde existe una posibilidad de escape hacia el refugio de Guiussani. Todavía nos quedaba más de 500 metros de desnivel y llevábamos más de 5 horas. Se trataría de recorrer todavía una larga faja inclinada girando casi 180º, casi totalmente cubierta de nieve, por lo que no se veía cable alguno. Javi estaba animado pero Edu lo veía una locura y se encontraba cansado. Aunque nos acercamos para creerlo, desistimos en el proyecto de hacer cumbre. Ya lo teníamos pasado bastante bien y nos adentrábamos en la tarde. Al dar la vuelta a Toffane, por el noreste la pendiente era mucho más asequible aunque totalmente cubierta de nieve. Era demasiado tarde para atacarle y nos dirigimos hacia el refugio de Guiussani (2580 m). Nos hundimos hasta la cintura en la nieve. Nos cruzamos con un joven que sí había osado realizar la ferrata entera, pero la cresta cimera no la sintió en condiciones. Bajamos hacia el sur por una amplia canal medio esquiando por nieve y luego por piedras. Habíamos dado la vuelta completa a Toffane di Roces. Eran las 18:30 en el Refugio Dibona (2053 m) donde teníamos aparcado el coche. Por la carretera seguimos fotografiando las montañas que nos tenían obnubilados. Día 12. Lunes.PUNTA FIAMES (2240 m). Ferrata Albino Michielli Strobel. Dificultad B. Técnica 2; Objetiva 1; Física 1; Psicológica 2. Desnivel: 950 m de subida y 950 m de bajada. Longitud: 8 km. Jornada de 5h. Edu quería esta jornada descansar. Habíamos pensado realizar la actividad seguramente más dura, al Cristallo, pues teníamos que subir un corredor de 1000 m de nieve. Pero lo dejamos para el día siguiente y realizamos otra actividad sin necesidad de cargar con crampones y piolet. Y como era parecido al primer día, no madrugamos y Edu se animó. La temperatura había subido a 10º C dentro de la tienda. Nos levantamos a las 7:15h y desayunamos tranquilamente en el camping. Nos acercamos con el coche hasta cerca del aeródromo ahora en desuso, por la cantidad de accidentes que acontecían debido a corrientes de aire. Estábamos al otro lado del camping Olympia, Hospital de Fiames (1290 m). Comenzamos a andar a las 9:00 h por un frondoso bosque hasta acercarnos rápidamente a la inmensa pared. En una hora alcanzamos la cota de 1650 m donde parte la ferrata Strobel que sube verticalmente y luego con algún zigzag va buscando los enclaves más accesibles. No deja de sorprendernos con unas vistas estupendas sobre Cortina di Ampezzo. En dos ocasiones intermedias tenemos que andar 10 minutos atravesando los curiosos pinos que no levantan más de la rodilla y se entrelazan como arbustos. En 2 horas más alcanzamos la punta Fiames (2240 m) que no es la más alta del macizo. Otras muchas puntas como dientes señalan el cielo. Comimos como iba siendo habitual nuestro bocata de fiambre y fruta que compartíamos con las chovas. Tirábamos al aire pedazos y era siempre el mismo quien lo cazaba al vuelo. En una hora, empezamos a bajar hacia la Forcella Pomagagnon (2180 m). Algún paso aéreo. 10 minutos. Hacía 20 días se estaban hundiendo aquí hasta la cintura de nieve. Luego realizamos un vertiginoso descenso por una estupenda pedrera salvando un desnivel de 500 m en 11 minutos. Continuamos por la torrentera de piedra que atravesaba el bosque hasta la carretera. 800 metros en 25 minutos. A las 14:00 estábamos de vuelta al coche y para aprovechar la tarde nos fuimos a visitar la cascada de Fanes. CASCADA DI FANES y vistas. Desnivel: 200 m de subida y 200 m de bajada. Longitud: 6 km. Tras dejar el coche en una curva que gira 180º como nos había indicado Patricia, el camino desciende por el bosque hasta cruzar el río y luego se aleja de él, subiendo para aparecer sobre una bifurcación de barrancos que atraviesa a considerable altura. Y tras descender por una ferrata pasamos por detrás de uno de los saltos de la cascada de Fanes. Seguimos descendiendo y no resistimos la tentación de bañarnos desnudos en sus aguas. No estaba muy fría, pero para la circulación venía como miedo. Después remontamos por la otra vertiente una canal muy estrecha y pendiente, tanto que habían preparado unos cortos zigzag con troncos y parecían escalones. Desde arriba la vista del salto de Fanes era sobrecogedora. En cuatro saltos, apostamos si tenía entre 50 y 80 metros de caída. Habíamos subido un fuerte desnivel para ahora descenderlo por un frondoso bosque y el camino por la otra orilla del valle nos llevó de vuelta al coche. 17:00 h. La luz del atardecer era estupenda para hacer fotos. Así que seguimos carretera adelante y visitamos algunos lagos: sobre las aguas del Landro se reflejaba el Cristallo, vertiente norte totalmente nevada. Y un poco más adelante de carretera se admiraba las mejores perspectivas de las Torres di Lavaredo. También las vimos reflejadas sobre los lagos Misurina y Antorno pero su aspecto por el sur es menos impresionante. También imponían hacia el Sur el macizo de Sorapis y detrás el Antelao totalmente nevado. Día 13. Martes.CRISTALLO DI AMPEZZO (3008 m) Y CRESTA BIANCA (2932 m). Ferrata Marino Bianchi y ferrata Dibona. Dificultad B. Técnica 1; Objetiva 1; Física 1; Psicológica 2. Desnivel: 1250 m de subida y 1250 m de bajada. Longitud: 10 km. Jornada de 12,5h. Habíamos recuperado fuerzas y nos levantamos con ganas a las 4:45 para atacar este día al Cristallo. Desayunamos en el puerto di Tre Croci (1808 m), cuando el sol encarnaba las cumbres de Toffane. Nos pusimos en marcha hacia las 6:00 h. Unos ciervos nos observaban curiosos: “dónde irá esta peña, si el teleférico lo tienen cerrado” Así es, una hora nos llevó alcanzar el refugio San Forca (2215 m). Era temporada baja todavía y estaba todo cerrado. Desde aquí calzamos crampones y remontamos el ancho corredor de 45º al final, por el que en invierno se convertía en una pista “negra”. De subida nos deleitó el famoso puente colgante sobre una profunda brecha, el cual se convirtió prácticamente en nuestro objetivo. Pues teníamos muchas dudas en poder completar la ferrata por la cantidad de nieve que perduraba. En 3 horas alcanzamos la Forcella de Stannies (2919 m). Ya habíamos pasado lo más duro y eran 9:00 h. Pero entonces los minutos corrieron más aprisa pues nos inmiscuimos en unas condiciones invernales sorprendentes. Descansamos en la terraza de madera del refugio Lorenzi (2932 m) parcialmente cubierta de nieve (aunque un letrero, para los turistas, reza 3000 m). Primero intentamos a la derecha hacer la ferrata Marino Bianchi hacia el Cristallo de Mezo (3154 m). Edu ya dijo que iba a ser tiempo perdido, pues tenía un aspecto descomunal. El cable a veces sucumbido por la nieve, sorteamos los pasajes por espeluznantes aristas de roca, a caballo, o neveros suspendidos en abismos. El descenso a una profunda brecha por una pala de nieve inclinada sobre el vacío, echó para atrás a Javi. Y se nos resolvieron las dudas: regresamos sin perder mucho más tiempo para intentar hacer la ferrata Dibona hacia el otro lado. Eran casi las 12:00 h y nos conformábamos con llegar al puente colgante; pero sólo para abandonar la caseta del teleférico por una escalera que terminaba en una rampa de 70º de nieve que se había acumulado entre una brecha, nos lo puso difícil. Aun así escalamos la corta rampa para ver que había al otro lado. Yo que probé primero, lo hice con ayuda de dos piolets. Aparecimos a la altura de la terminación de una escalera que sobresalía de la nieve. Pero después un cable desaparecía en pocos metros incrustado y una pendiente moderada en mixto nos conducía quién sabía dónde. Teníamos pocas esperanzas, pero Javi se animó y tiró primero, esta vez encordados. Para eso cargamos la cuerda. Lo malo que en 50 metros no metió un seguro intermedio y dejamos de verle y entenderle. Gritaba hasta que se quedó ronco ¡que subiéramos! Había conseguido alcanzar un tramo de cable que sobresalía de la nieve para montar la reunión. Pero había un problema. Sólo llevábamos una cuerda y había empleado todo el largo, y quedábamos 2 por subir. Él pretendía que subiéramos a la vez, pero lo que hicimos es anclar la cuerda y dejarla fija para Edu subir con un prusic. Cuando se reunió con Javi yo le seguí de segundo. Otro problema es que ya no deberíamos tener más problemas: al llevar una sola cuerda y emplearla toda, no podríamos rapelar, por lo que el retorno era complicado. Nuestro objetivo definitivamente era llegar al puente para rapelar desde él. Pero aún nos separaban unos cuantos metros sorprendentes. Nos tuvimos que arrastrar por un túnel casi cubierto de nieve; pasamos por una repisa de troncos de madera; atravesamos un nevero el cual el cable, volvía a perderse y salimos a la fatídica arista que nos condujo al agraciado puente de 27 metros de largo pendiente de unos hilos, sobre una profunda brecha. A la cual se podía llegar por un empinado corredor de nieve a la amplia canal por la que habíamos subido. Pero decidimos continuar y por una escalera vertical desembocamos a una fina arista en la cual la nieve hacía cornisa. Era sumamente tarde, habíamos recorrido una séptima parte de la ferrata, nos encontrábamos a 3000 metros y era el momento de decidir, dada nuestra experiencia y conocimientos, que pretendíamos hacer. Pero experiencias en andar de noche “in extremis” no era poca. De 6 a 8 horas rezaba un cartel al principio de ferreta, y acabábamos de pasar otro que ponía de 5 a 7 horas. Javi quería seguir para llegar al refugio Buffa di Perrero (2760 m) y un poco más adelante por una canal teníamos una vía de escape. No parecía el resto muy complicado, pero nunca sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Por el momento seguimos a la vez que el cielo fue cubriéndose de nubarrones Había que desviarse para hacer la cumbre Cristallino di Ampezzo (3008 m). Así nos teníamos que olvidar de recorrer por fin la cresta, pero al menos hacíamos una cumbre. Parecían 5 minutos, pero llegar a ella no fue tan sencillo. Una terrorífica fina arista de nieve no resultó lo más difícil. Justo al final el cable se hundía en la nieve en una pala de 60º. Aunque Javi y yo lo esquivamos escalando por la roca verticalmente. A Edu justamente a mitad se le salió un crampón. En la cumbre repusimos fuerzas. Aunque ya existía huella por la nieve los tres regresamos por la roca. Retomamos la ferrata Dibona en la cresta principal descendente y continuamos en extrema precaución por nieve normalmente o roca descompuesta. A veces el cable estaba “enterrado” y en alguna ocasión roto. Delicadamente conseguimos bajar a un amplio collado que nos separaba de Cresta Bianca (2932 m). Por sorpresa y alegría, comprobamos que por un amplio corredor podíamos escaparnos de nuevo a la primera canal. Pero decidimos seguir todavía un tramo más de ferrata que nos subía a Cresta Bianca, aunque esta se podía esquivar por la derecha, ladera norte nevada. El camino medio roto, pasaba junto a unas ruinas de la guerra. Por una repisa estrecha nos temíamos lo peor. De repente Javi que no había mostrado nunca miedo se mostró reticente. Yo dije: “no nos dejemos impresionar por verlo de frente, como otras veces”. Y así era. Tras atravesar un inclinado corredor de nieve en el que te hundías bastante, la repisa seguía sin cable y parcialmente cubierta por la nieve, pero esta vez con poco espesor. Resultó más sencillo y mis compañeros me siguieron después. Ya quedaba poco para la cumbre de Cresta Bianca (2932 m) que alcanzamos a las 16:30 h. Continuamos la cresta descendiente hacia el refugio que no veíamos por estar sumido en una profunda brecha (2760 m). Un hito sobresalía de la nieve, pero de pronto la cresta se veía interrumpida por un insalvable escalón y no había indicio de ferrata. Nos asomamos y vimos un puente como a 50 metros por debajo de nosotros. Iba a media ladera. Supimos que el camino normal bajaba un poco más atrás; pero la cresta ahora formaba una gran cornisa de nieve y asumimos que era nuestro final de la travesía. Bueno, no había estado nada mal y nos sentimos muy satisfechos. Regresamos al collado anterior a la subida de Cresta Bianca y nos tiramos por la canal de vuelta al coche por donde habíamos venido. No era de noche: sólo las 18:30h tras una larga jornada de verano con crampones. Por supuesto teníamos las botas caladísimas y al día siguiente queríamos hacer una ferrata en seco. Que no sería fácil. Día 14. Miércoles.PUNTA SERAUTA (2962 m). Ferrata Brigada Cadore. Dificultad F. Técnica 2; Objetiva 3; Física 3; Psicológica 2. Desnivel: 1000 m de subida y 1000 m de bajada. Longitud: 5 km. Jornada de 10,5h. Nos habíamos inclinado por ir al macizo de Sella, más alejado para hacer el Piz Boe, o al menos la ferrata que por su verticalidad seguramente no tendría nieve. Nos levantamos a las 7:30 y desayunamos demasiado tranquilamente en el camping. De camino nos fijamos en el macizo de la Marmolada y leyendo la descripción de la ferrata a la punta Serauta, como de las más difíciles de dolomitas y viendo que estaba limpia de nieve, cambiamos de planes y nos dirigimos a ella. La ferrata Brigata Cadore, catalogada nivel “F” “per Alpinisti molto esperti in ottima forma” que bien se entendía el Italiano. 780 metros de desnivel de ferrata en una línea directa por un fantástico espolón. Pero se trata casi de un Tresmil, por lo que decidimos llevar piolets. Salvo Javi que lo había dejado en el camping. Y lo malo es que sus zapatillas eran muy técnicas de atletismo. Seguramente que tendríamos que bajar por el glaciar, pero ahora se encontraba muy nevado. La estación de esquí estaba cerrada; la abrían de nuevo en Agosto, temporada alta. Dejamos el coche en el paso de Fedia (2053 m) a las 10:00 h. El camino desciende unos metros, por lo que luego nos dimos cuenta que podíamos habernos ahorrado unas cuantas curvas de puerto y haber dejado el coche en una casa o restaurante que pasamos cerca de ella. Algunos neveros interrumpían el camino y como no nos queríamos mojar los rodeamos lo más posible. En la base de la ferrata a (2160 m) fue inevitable. Nos costó tan sólo media hora, que era lo que más nos animaba de ésta. Progresábamos rápidamente por la inmensa y uniforme pared que parecía no tener fin. De pendiente media de 45º. Nos seguíamos apoyando en la roca, no en el cable para escalar, y a veces los pasos en placa eran muy entretenidos. Nos comimos los bocatas temprano, ya a las 12:00, acompañándonos del sonido del agua que se derretía de los neveros de arriba. Y en alguna ocasión convertía la pared en un reflejo brillante de estrellas. Javi evitó pisar nieve, soltándose del cable y rodeando, pero la roca estaba muy descompuesta y con gravilla. El cable tenía algún tramo roto. Lo más impactante era mirar hacia abajo y ver el bonito trazado sinuoso de la carretera trepando por la montaña, delicia de los motoristas; y un bello pantano azul al pie de los glaciares de la Marmolada. No tuvimos dificultades y resultó algo monótono hasta que alcanzamos la cresta última más afilada, por la que pasamos alguna brecha a la vertiente del glaciar pero a varios centenares de metros verticalmente sobre las pistas de esquí. Como sorpresa fue una pequeña tirolina; después de un tramo más vertical que atravesamos en diagonal, la nieve volvió a engullir el cable. La cumbre debía estar muy cercana y el cable en vez de subir parecía pasar por debajo de ella. Como no queríamos pisar nieve, pues Javi con sus zapatillas abriría huella muy mal, atacamos a la cumbre evitándola por el borde y escalando como pudimos por una roca que no podías ni mirar para ella porque se hacía pedazos. De nuevo sacamos la cuerda y de primero fue Javi. Pero esta vez no lo pasó nada bien. Inseguro, no sabía donde dirigirse y tiró 40 metros para arriba “hiendo y revolviendo” hasta alcanzar lo más alto. Montó la reunión como pudo y tiramos Edu y yo como en el Cristallo, pero esta vez fui yo quien subió con el prusic. Uf! Nos había costado este tramo como el resto de la pared y más valía que no tuviéramos que regresar por el mismo sitio. La cumbre de la Punta Seraurta (2962 m) tenía otras dos puntas más de igual altura pero nos separaba de ellas una pequeña brecha con muy mala pinta. Vimos el cable 25 metros por debajo nuestro que evitaba este tramo de cresta y parecía descender para luego remontar quien sabe por dónde. Porque la cresta era ahora descendente hasta el refugio de Serauta (2950 m), pero aun faltaba medio kilómetro de ferrata. Eran las 16:00 h y dudamos de seguir, porque el cable se ocultaba muchas veces en neveros expuestos a una caída de 700 metros. Así que bajamos esa veintena de metros hasta el cable asegurados con la cuerda para montar reunión allí y atravesar el nevero por el que no nos habíamos decidido antes y llegar al otro extremo donde ya el cable no se perdía. Regresaríamos de este modo por el mismo sitio, ferrata abajo, los 780 metros de desnivel. Creímos que íbamos a rapelar más pero sólo usamos la cuerda en dos tramos donde el cable estaba roto. La bajada se hizo interminable. Los guantes los destrozamos. 20 minutos nos costó del pie de vía al coche. Regresábamos a las 20:30h. Yo particularmente acababa en buena forma esta vez, ya que apenas habíamos caminado. En una hora de coche llegamos a Cortina, antes de lo previsto, pero ya habíamos suspendido la cena con Mario y Patricia para despedirlos y lo cambiamos por un desayuno. Día 15. Jueves.VENECIA. Amanecimos otro día a las 7:30 h. Cielo azul. Pero esta vez la vía se llamaba “Venecia”. Paseamos por sus callejones estrechos, canales surcados de góndolas, plazas donde las palomas encontraban el paraíso... y la jornada fue de 15:00 a 23:00 h. Día 16. Viernes.REGRESO. Dormimos camino a Milán donde teníamos que estar a las 8:30 para coger seguidamente el avión. Habíamos recorrido en coche además 1250 km. Sin embargo para algunos las vacaciones no acababan sino de comenzar: Javi se iba Alaska a subir el Mackinley y Edu a Croacia con su chica, que bueno, no era su chica. A mi sólo me quedaba el fin de semana y me disponía a participar en un “Orientaventura” de Navarra. Pero esto sería aventurilla...
Nos conocimos en Bejar (Salamanca) en un curso de cartografía de orientación, hacía ya un mes. Pedro era de Madrid, novio de Fabia, Italiana, que vivía ahora en Oviedo. Yo ahora trabajaba en Burgos, aunque mi residencia está en Asturias y nací en Zaragoza. Es por lo que decidimos el equipo llamarnos “Los que aquí y de allá”. De Burgos pasé antes por Madrid y vi a mis padres; y de allí partimos para reunirnos con Fabia en Salamanca y luego dirigirnos a Navasfrías casi en la frontera con Portugal. En un principio habíamos quedado a las 15:00 salir de Madrid (mis padres me preguntaron si de la tarde o la noche, conociéndome). Pero Fabia perdió el autobús y retrasándolo todo nos acostamos bastante tarde tras montar la tienda en el Bardal (pregunta de examen). La zona: bosques de altos robles y de pinares, prados esplendorosamente verdes de la primavera; arroyos de aguas cristalinas y un pequeño pantano donde realizamos la prueba de piragua en la primera etapa. Una temperatura ambiente ideal. Una delicia para los corredores. En la primera etapa cubrimos 27 km en 4,5 horas. Mi forma era de casi no poder correr ni en llano y resulta que sólo había 230 metros de desnivel. También llegamos a tiempo para realizar una prueba de bicicleta. Y nos sentó muy mal no haber superado con éxito la prueba más técnica de orientación en la que el tiempo estaba muy ajustado. Fuimos segundos empatados con los terceros. Fabia había quedado de asistencia rompiéndose los sesos en el examen de “conocimiento del entorno”. En la segunda etapa Fabia y Pedro, que era la primera vez que participaban en una prueba de orientación, tras 17 km en 2,5 horas resultaron los quintos. Pedro había corrido las 2 etapas seguidas y se resintió de la rodilla que recién salía de una lesión. Tuvieron que realizar un rapel para caer directamente al agua. La organización nos había advertido que nos mojaríamos, pero no que hubiera que nadar. En la noche corrí con Fabia 9,5 km en 1 hora, sorprendentemente más recuperado de lo que creía que iba a estar de la mañana. Había que arriesgarse campo a través, saltando muros, vadeando un río hasta la rodilla y así sólo nos dejamos una baliza. Pero en el último kilómetro, aunque íbamos por una pista muy justos de tiempo Fabia se torció el tobillo. Llegamos un minuto tarde, pero ganamos en la noche y además estábamos clasificados en la general como los primeros. Sacábamos sólo un punto a los segundos. La clasificación como siempre tan emocionante en cada etapa nos relevábamos los puestos. Fabia que era la componente en mejor forma del equipo tuvo que ser atendida en la ambulancia. Sin embargo en la mañana siguiente, hasta el último minuto mis compañeros se estaban disputando a ver quién se encontraba menos mal para realizar la cuarta etapa. Al final, Pedro y yo volveríamos a salir aunque no le costó nada amoldarse a mi ritmo borriquero. Los equipos que estaban muy cerca detrás en la clasificación vimos que estaban a por todas. Esta etapa era sólo de 2,5 horas y nos entretuvimos bastante tiempo al principio en las pruebas de caballo y recorrido de obstáculos con cuerdas: paso mono, tirolina, liana, puente de cuerdas, etc. Encima el caballo me pisó un pie. Luego, precipitadamente partimos hacia las próximas balizas y se nos olvidó que nos devolvieran la tarjeta de control, por lo que tuve que regresar perdiendo unos 18 minutos y ganando un cansancio del que ya andaba bastante sobrado. Nos quedaba atravesar la frontera a Portugal para realizar una prueba de bicicleta de 3,2 km que sumaban bastantes puntos. Me dejó las piernas agarrotadas. El pueblo al que se llegaba en Portugal se había volcado en la prueba y tenía preparado un buen almuerzo. Por la pérdida de tiempo no pudimos recorrer un bucle de balizas y regresamos a meta por el camino más corto, que no más seguro: camino que se pierde en la maleza, salto de muros, chapoteo en los prados. Nos quedaba media hora y sin poder apenas correr llegamos tarde sólo dos minutos. En esta prueba quedamos los treceavos. Por fin nos clasificamos los terceros en la categoría Aficionados con 45 equipos. Y hubiéramos sido quintos en Profesionales de 9 equipos. Cada etapa la ganó un equipo distinto. Y aquí y allá fuimos recogiéndonos a nuestras errantes ubicaciones. |
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